martes, agosto 12, 2008

Un Grande, como los grandes de nuestro tiempo...

Por Martín Sivak

Durante mas de diez años el periodista Argentino Martín Sivak siguio a Evo Morales, en el camino de dirigente cocalero a Presidente de Bolivia .


—Éste es el gobierno de los solteros —me dijo—. Cada vez que vuelvo de un viaje tengo miedo de que Álvaro (García Linera, el vicepresidente) haya hecho un decreto imponiendo una primera dama.
—Cuando te conocí (en 1995) planeabas casarte. ¿Qué pasó?
—Sí, claro. Fue la única vez que estuve cerca de casarme.
Pero el compañero David (Choquehuanca, su canciller) me convenció de que no lo hiciera. No me casé y ya no creo que me case. Además, yo estoy casado con Bolivia. Alguna vez me dije: tanta gente me quiere, pero no me quiere una mujer. Y
eso pasaba en la década del noventa. Yo proponía matrimonio y me decían: “No, te van a matar, te van meter en la cárcel”.
—¿Quién te dijo eso?
—Algunas compañeras de la clase media, de la clase profesional.
Y nuestras compañeras también me decían: “Yo me quiero casar, pero para estar todo el tiempo contigo”.Y es difícil.
Imagínate salir a las cinco de la mañana y la dejas ahí, botada en la cama.
El vocero le pasó el hilo dental. Evo cortó un pedazo y lo hizo circular. Nos sacamos de entre los dientes los restos de animales, menos el vice que había traído cepillo.
—Álvaro —le pregunté—, ¿no es peligroso que vueles con el Presidente?
—Si nos quieren matar, nos matarán pues.
***
—Hoy te vi entre multitudes, con asesores, con seguridad. ¿Qué pasa cuando estás solo?
—Solo estoy más inspirado. Sobre todo a la noche. Yo duermo unas dos horas y me despierto cada diez, quince minutos. Ni prendo la luz. Estoy pensando y se me vienen ideas.
—Alguna vez me contaste que cuando te despertás a la noche rezás por tus padres. ¿Lo seguís haciendo?
—Cuando hay problemas muy serios, después de descansar un poco, como a la una de la mañana, rezo a mis padres, creo en mis padres, regreso a mi
madre tierra.

EL SOBREVIVIENTE

Dionisio Morales Choque eligió, con el almanaque Bristol que promocionaba los jabones, lociones perfumadas y remedios capilares de Murray & Lanman, un primer nombre para su hijo: Evaristo. Luego dudó, pensó en Eva si fuese mujer y se dejó tentar con el nombre extraño que resultaba al permutar la a por la o. “Evo, de tres letras nomás”, se convenció. Así, Evaristo se convirtió en Evo. Muchos años después, el Presidente se preguntó por qué sus padres no lo habían llamado
Adán.
Ese 26 de octubre de 1959, la curandera de la comunidad de Isallavi, la tía Luisa, hizo que Juan Evo Morales Ayma naciera y, además, que sobreviviera a una muerte temprana. Su madre, María Ayma Mamani, se desangraba, mientras que Dionisio corría desde su comunidad hasta Orinoca (provincia Sud Carangas del departamento de Oruro) en busca de la partera. Pero nunca la encontró. En Orinoca no había hospital ni un equipo para socorrer a la madre y a su hijo. Los
vecinos aportaron algunas hierbas que la curandera aplicó sobre el cuerpo frágil y empapado en sangre de María. Alguien corrió hasta el lago Poopó para conseguir agua.
La voz débil de la tía se oyó entre los gritos de la parturienta:
—Tal vez te antojaste algo y por eso la guagua no puede nacer.
—He visto hornear pan y eso me antojé
—contestó.
Hicieron una tortilla con harina y alcohol.
María la probó y al rato su hijo nació sobre un cuero trasquilado de oveja porque no quería ensuciar la poca ropa que tenían.
Evo quedó con la marca del sobreviviente. Además, cuatro de sus siete hermanos murieron: uno al nacer y los otros tres —Luis, Eduvé y Reina— de enfermedades curables.
La salud del Estado hijo de la Revolución de 1952, el del sufragio universal, la nacionalización de las minas y la reforma agraria, no llegaba hasta esos confines. Tampoco la luz eléctrica, el gas ni el agua potable.

HE SOÑADO

Evo Morales duerme con las manos sobre el abdomen. Una frazada le entibia las piernas y un gesto despreocupado le da aires de adolescente. Ni los rayos de la tormenta que sacude al Mar Caribe, ni los vientos huracanados que bambolean al
avión de siete plazas consiguen perturbarlo. Parece encantado por una paz que no tiene. Despierta sobresaltado. Los ojos achinados por el cansancio se han vuelto rojos, casi demenciales.
Su cuerpo se encorva hacia adelante con torpeza y sus pelos lacios y crinados se
paran como si tuvieran fijador. Mira a los costados y me dice:
—He soñado.
Eso es importante para él, para su destino como presidente y, eventualmente, puede serlo para las fuerzas políticas que conduce desde e l cielo, l a selva y e l Palacio Quemado.
—La DEA me ha estado correteando. Por ahí, por el monte.
Son las 3.25 de Nigeria, país que dejó hace unas horas atrás, las 22.25 del día anterior en Cuba, el próximo destino de la gira, y las 22.25 de Bolivia, según el reloj azul que —esté en el continente donde esté— Evo mantiene con la
hora de su país. Juan Ramón Quintana, ex militar, sociólogo y ministro de la Presidencia, le pregunta:
—¿Y por dónde te perseguían en el sueño?
El Presidente cierra los ojos e intenta recuperar esas imágenes extraviadas. Al final debe resignarse.
—Era la DEA, eran los gringos. Pero no me acuerdo nada más.
Para él esos sueños suelen ser premonitorios, señales que debe atender tal como escucha las sugerencias de sus asesores o los pliegos de los sindicatos. En junio de 2006, un día en que se reunió con el entonces embajador de los Estados
Unidos en Bolivia, David Greenlee, soñó que Fidel Castro se caía mientras caminaba con él por las calles de Orinoca. Al despertarse, llamó al embajador de Cuba en Bolivia, Rafael Dausá, preocupado por la salud del comandante. El diplomático lo tranquilizó:
—Fidel está muy bien, Evo. Quédate tranquilo.
Semanas después, el 31 de julio, el gobierno cubano hizo pública su enfermedad y que delegaría su cargo en Raúl Castro, su hermano. El 7 de septiembre
Morales viajó a La Habana para reunirse con Fidel durante dos horas y le regaló un indio de madera. “Estaba malito”, cuenta en nuestro vuelo a Cuba donde tendrá lugar la celebración diferida de los ochenta años del nacimiento
de Fidel. Casi una despedida oficial.

TROPICOLA

Morales compara esta visita del 1º de diciembre de 2006 con su primer viaje a La Habana, en 1992, donde participó en un congreso. Para él, La Habana sabe a tropicola y a agua de pileta.
Esos líquidos lo mantuvieron de pie cuando acabó aquel evento.
Ignoto dirigente cocalero, llegó a la isla con un pasaje de ida,un dólar, la promesa de que le pagarían el regreso y un deseo excluyente: conocer a Castro. Lo vio por primera vez en el Palacio de Convenciones. Supo que quería hablar con esa entonación y encadenar oraciones durante horas. Pretendió saludarlo pero no tuvo suerte. Se inscribió en la lista de oradores, esperó dos días para hablar tres minutos, pero en el momento de la verdad se le nublaron las ideas y pronunció un discurso confuso y errático. No se recuperaba de la desazón cuando irrumpieron los problemas prácticos: no había plata para su vuelta. Hasta que le consiguieron un asiento en un vuelo a Perú, sobrevivió con tropicola y agua de piscina. En Lima cambió el dólar por soles para hablar con Juan Rojas, un dirigente campesino peruano, que le prestó cien dólares para que siguiera viaje a Bolivia: tardó un día y medio en llegar a un encuentro campesino porque las lluvias empantanaron los caminos.
Desde aquella visita de 1992 hasta este encuentro, Evo pudo edificar una relación casi de hijo y padre con Fidel. El azar los ayudaba: el presidente de Bolivia nació en 1959, el mismo año de la Revolución Cubana.
El principal consejo que le dio Fidel —o el que Morales recuerda como el más importante— fue en La Habana, en 2003: “No hagan lo que nosotros hemos hecho: hagan una revolución democrática. Estamos en otros tiempos y los pueblos
quieren transformaciones profundas sin guerras”. Estaban reunidos en su despacho, rodeados por los bustos de José Martí y Abraham Lincoln, un óleo de Camilo Cienfuegos y una foto autografiada de Ernest Hemingway.
Evo, que había coqueteado con la idea de la lucha armada, hizo esas palabras casi propias: la revolución sería con los votos o no sería.
—Si un día soy presidente y Estados Unidos nos bloquea económicamente, ¿qué debo hacer? —le preguntó a Castro en 2004.
—No tienes por qué tener miedo. Bolivia no es una isla como Cuba. Tiene países amigos y riquezas naturales que debe recuperar y saber administrar. Están Lula, Kirchner, Chávez, Cuba.
Nosotros no teníamos nada de eso y, al final, ni siquiera a la Unión Soviética.
En abril de 2005, Evo viajó a La Habana para operarse la rodilla. En el postoperatorio los cubanos le exigieron que descansara por los años de exigencia que llevaba. Como Chávez visitó La Habana el 29 de abril, Fidel pidió que aparecieran los tres en una foto “del Eje del mal”.
—Cuando lo escuché —recordaría Morales— me olvidé de recoger las muletas y caminé: los médicos quedaron sorprendidos. Pareció la orden bíblica:
“Evo, levántate y anda”.
El fin de semana previo al decreto de nacionalización de los hidrocarburos del 1º de mayo de 2006, el presidente boliviano se reunió con Fidel y con Chávez en La Habana en una cumbre de la Alternativa Bolivariana para América Latina
y el Caribe (ALBA). A Chávez no le anticipó la nacionalización, pero a Castro sí. “A él no podía ocultárselo”, explicó.
—¿Por qué no la haces después del inicio de la Constituyente?
—le preguntó Fidel a modo de sugerencia.
Morales tomó su propia decisión y la hizo antes.
***
En la noche del 6 de agosto de 2002 Morales conoció a Hugo Chávez. Había esperado con ansiedad ese primer contacto. Chávez le habló de la Biblia, y después le dijo:
—Paciencia, Evo. La revolución lleva tiempo, tienes que tener paciencia.
En ese preciso instante, el nuevo gobierno de Bolivia estuvo a punto de caer. Cuando faltaban treinta minutos para la jura del Gabinete, Sánchez Berzaín recibió un fax con los nombres de los siete ministros del MIR que Paz Zamora
exigía que fueran designados. Goni no conocía a varios de ellos y se encolerizó:
—Yo renuncio. Ésta es una humillación que no voy a tolerar, carajo. Si acepto esta lista, me voy a la mierda.
Mesa intentó calmarlo.
—¿Vas a salir al balcón a decir que renunciaste? —le preguntó.
—Que me llame ese hijo de puta porque renuncio —contestó Goni.

EL PRESIDENTE

Después de un: “¿Cómo estás?”, monologó durante un rato largo casi sin interrupciones. Como en los discursos públicos, los temas se entremezclan según
vínculos firmes, a veces imperceptibles para sus oyentes. Se veía más ejecutivo, más hacedor y más preocupado por la gestión que el Morales de 2006.
—Condonaron la mitad de las deudas. Y yo pensaba que después de la condonación no sería posible pedir crédito.
Antes estaba en contra de los créditos porque creía que había que usar la plata que uno tenía y ya...Los ministros tenían sueldos de tres mil dólares y sobresueldos de —otros— tres mil dólares. Yo quería ganar cinco mil pesos (625 dólares), que es lo que necesito para la pensión de mis hijos, pero me dijeron que si pedía eso todos los ministros debían ganar menos que yo... Como dirigente sindical necesitaba dinero para caminar y comer: acá es lo mismo y como
me pagan la movilidad y la comida no necesito más....Yo acabo de entender lo del déficit fiscal y lo del superávit: antes de ser presidente no sabía... De 1970 en adelante el Estado siempre tuvo déficit fiscal. Y nosotros no fuimos a
Estados Unidos a pedir dinero para pagar los aguinaldos, hemos pagado antes...Las reservas estaban en mil setecientos millones y ahora están en tres mil quinientos millones. El peso boliviano se revalorizó frente al dólar...
Empezamos con una deuda de cinco mil millones de dólares: cada boliviano debía unos quinientos dólares y ahora, menos de doscientos...
Tampoco podemos cambiar el modelo de quinientos años, de veinte años, en un año y medio de gobierno... Quiero que haya voto a partir de los dieciséis años… En el campo, el niño trabaja desde que anda: a los seis o siete años ya espanta a los pájaros para que no se coman la quinua. Eso hice yo...Los ministros deberían pasar horas escuchando a los cocaleros... Hay un problema campesino que es el paso del campo a la ciudad.
Hasta que no se resuelva ese problema no se resolverá el problema de Bolivia... Mira, yo nunca pensé en ser alcalde y ahora soy Presidente. Esa tarde, hablaba como alcalde y como Presidente. Su primer año de gestión cerró con una paradoja: muy buenos números económicos —bajaron la pobreza, la desocupación, por primera vez en treinta años no hubo déficit fiscal (pero sí
superávit) y la deuda externa se redujo a la mitad— y dificultades políticas por conflictos regionales y con distintos sectores.
Ese Evo de abril de 2007 ya había incorporado a su retórica radical las preocupaciones del gestor. El Palacio, en el que siempre temió quedar encerrado preso de protocolos ajenos, había empezado a moldearlo.
El Presidente seguía obsesionado por observar cada detalle. Esa tarde llamó al alcalde de La Paz para que arreglara unos focos de la Plaza Murillo y al de Cochabamba le indicó que llevarían el cemento para construir una calle en su ciudad.
A las siete de la mañana del día siguiente abrió una reunión de Gabinete a la que asistí: —Buenos días jefas y jefes, ¿qué tenemos como orden del día?
Los ministros rodeaban la mesa oval del salón del Gabinete.
Con columnas, acuarelas de próceres de la patria y arañas sin prender, las luces de los spots le daban al ambiente una blancura casi hostil.
El Presidente tenía enfrente suyo una pantalla gigante en el que se proyectaba el escritorio de la computadora portátil de una asesora que lo escoltaba.
Al alcance de su mano, unos pañuelos de papel y una campanilla que no haría sonar.
Mientras el ministro de Defensa exponía sobre una compra de vehículos, Evo anotaba en un cuaderno y la disposición de sus piernas marcaba las diez y diez. En su primera intervención, arremetió contra el ministro de Educación, Víctor
Cáceres.
—Estoy muy molesto contigo. Has hecho un acuerdo con el magisterio que afecta al Tesoro General de la Nación y no me lo has dicho. Tanto yo como Álvaro te preguntamos y nos has dicho que no. Eso es una deslealtad, compañero: has actuado como dirigente del magisterio. Yo no voy a cumplir la promesa
que les has hecho, aunque el magisterio pare todo el año.
El ministro, de pelo lacio peinado al costado, anteojos de marco gris y saco con suéter marrón, miró fijo al Presidente sin transmitir bronca ni resignación. Había apagado su cara.
Ni siquiera ensayó una defensa.
Evo salió de la reunión para contestar uno de los llamados que había atendido su edecán.
“¿Cómo es, jefazo?”—le dijo a su celular y a los tres minutos volvió al salón y repartió pines que combinaban la bandera de Bolivia, la wiphala, una hoja de coca y la bandera con la sigla del MAS:
—Es obligatorio llevarlos —indicó a los ministros.

LA AGENDA

El lunes 21 de mayo pasé la última tarde con Morales en su despacho. Solo, recién levantado de la siesta, con el pelo mojado en sus puntas, sus ojos achinados y la piel cobriza suavizada por la almohada, estaba sentado en la cabecera y de espaldas a la Plaza Murillo.
Mientras recibía el sol de las cinco de la tarde, escribía con lentitud y en letras de imprenta las actividades de la semana. Su agenda es un cuaderno negro con membrete de la Presidencia en el que pidió que los renglones rojos empezaran
a las cuatro de la mañana y terminaran a la una de la mañana. No existen agendas industriales para su rutina.
—Debés ser el único presidente que anota sus reuniones.
—Es que estoy emputado con algunas secretarias: a veces
perjudican el trabajo.
Su memoria le permitió ir llenando hora a hora todas las actividades: anotó sus partidos de fútbol, las inauguraciones, los actos, los viajes y cuando olvidó el nombre de una escuela llamó al canciller Choquehuanca para precisarla.
Mientras seguía reconcentrado en su agenda escribió coliseo con “s” y me preguntó si iba con “c o con s”, y así con otras dudas ortográficas. No se avergonzaba. Es una de las rupturas de la época. El presidente de Bolivia, además de blanco o mestizo, debía mostrar ciertos saberes aprendidos en la universidad,
en la escuela, en las fuerzas armadas o en determinados círculos sociales. Morales llegó sin esos saberes, sin la cultura general de la clase media o alta,
y mostró la debilidad de ese imperativo: el del jefe de Estado educado.
La mufa del mediodía ya se le había ido.
Se enojó cuando supo que no le dieron el almuerzo a los campesinos de los ayllus del norte de Potosí que habían ido al Palacio a resolver un conflicto.“Los campesinos comemos
mucho”, explicó. En esos detalles se va una dosis de prestigio: siente que debe cuidar a los campesinos que visitan el Palacio y ellos deben saber que el Presidente se preocupa por ellos.

CON LOS GRINGOS

A las 13.58 del domingo 23 de septiembre de 2007, el servicio secreto de los Estados Unidos informó al embajador boliviano ante la Casa Blanca que no
había detectado francotiradores que pudieran atentar contra la vida de Evo Morales.
—We are clean—, dijo uno de ellos.
El significado literal es ‘estamos limpios’; el figurado, todo está bajo control.
Cada presidente que asiste a la inauguración anual de la Asamblea General de Naciones Unidas dispone de una custodia provista por el gobierno estadounidense, que puede rechazar.
Pocos minutos después, el Presidente tenía programado jugar un partido de fútbol en Nueva York, en un predio abierto al río al sureste de la isla de Manhattan. Lo que aumentaba, para los miembros del servicio secreto, los riesgos de un magnicidio.
Esa hipótesis no inquietaba a la delegación visitante, más preocupada por la edad y las condiciones físicas de sus rivales: una selección formada por inmigrantes bolivianos en los Estados Unidos.
Camino al predio se encendió una nueva alarma entre los agentes. Si Morales se cambiaba en los vestuarios, pasaría demasiados minutos en un lugar sin salida de emergencia. Cuando le sugirieron al embajador Gustavo Guzmán que no lo hiciera, el Presidente contestó:
—Oye, ¿pero quieren saber todo?
Cinco minutos después, el secret service experimentó en vivo la primera crisis. Cuando la delegación llegó a la cancha, unos dos mil bolivianos se abalanzaron
sobre su Presidente para tocarlo, pedirle una foto o hablarle. Los diez grandotes trataban de detenerlos, sin éxito manifiesto.
—Esto es una turba. Aquí no hacemos las cosas así —dijo
uno de ellos.
El servicio secreto pasaría los siguientes cuatro días de la visita de Morales a Nueva York haciendo cosas que no suelen hacerse allí.
Su llegada a la ciudad parecía poco auspiciosa. El Boeing venezolano que lo trajo recibió orden de evitar el aeropuerto neoyorquino John F. Kennedy y desviarse al de Newark, en Nueva Jersey. Como no figuraba previamente en la lista de
aterrizajes, la delegación tuvo que esperar tres horas hasta poder bajar del avión. Según el Departamento de Estado, el desvío fue un malentendido. Los pilotos venezolanos explicaron que en la escala previa de Santo Domingo mandaron dos
planes de vuelo, pero desde Kennedy decidieron el cambio de aeropuerto. Morales se convenció de que se trataba del maltrato que, según cree, el gobierno estadounidense le prodiga cada vez que puede. Ese incidente, en apariencia mínimo, contribuyó a su modo en la mayor escalada de conflicto con
Washington desde que asumió el gobierno.
La demora hizo que la delegación, el triple del número habitual y con siete custodios en lugar de uno como suele tener, pasara por el hotel sólo a dejar sus valijas y saliera rauda a jugar el partido.
“Evo, si tú hubieras gobernado hace veinticinco años nosotros no estaríamos aquí”, decía la pancarta más grande que esperaba en el predio. Desde las gradas donde dio el primer discurso, vio los puentes, las siluetas de Queens y de Brooklyn, un helicóptero que rastreaba francotiradores y también a unos
jóvenes que bailaban un tinku como una experiencia casi atlética.
En el vestuario, Evo le indicó a Hernán, su asistente, que me diera una camiseta para que debutara en su selección. Sólo quedaba una remera número diez como la del Presidente, la única con la palabra Evo en su espalda. Él se preocupó por
mis medias:
—Jefe, son las de Abimael Guzmán, pareces Abimael Guzmán. Y estamos en Gringolandia. ¿No tienes otras?
Las rayas color blanco y negro de las medias le recordaban la imagen del líder de Sendero Luminoso, vestido con un traje de presidiario dentro de la jaula en la que se lo juzgó y condenó.
***
Evo visitó los Estados Unidos por primera vez en septiembre de 2006 con motivo de la inauguración de la Asamblea General de las Naciones Unidas. Hasta entonces figuraba en una lista de terroristas que no podían entrar al país. Presidentes, ex presidentes, lobbistas, académicos y políticos lo recibieron con
extrañeza y hasta con cierta admiración. Bill Clinton fue uno de ellos. En la cola para ingresar a un acto de su fundación, se codeaban personalidades como Vicente Fox, Javier Solana, Bill Gates o Madeleine Allbright. Clinton se detuvo en
Morales:
—Presidente, me honra con su presencia —agradeció ante la sorpresa de los que miraban.
Al rato tendrían una reunión en un penthouse del hotel Sheraton. Al ex presidente lo acompañaban tres asesores y un empresario amigo.
—Usted no es Chávez. Si tiene petróleo, puede ser un bocón.
Es imprescindible para la democracia de Bolivia que a usted le vaya bien. Si a usted le va bien quiere decir que hay democracia— le dijo después de haberle prodigado el “tratamiento Clinton”, que consiste en tocar al otro más de lo que se acostumbra.
Morales le habló de los quinientos años de dominación colonial y ese tema no pareció interesarle tanto al ex presidente.
Mientras tomaba un café negro, Clinton se refirió a la administración republicana:
—No importa los problemas que ha tenido con este gobierno.
Los que yo tuve han sido peores.
Cerró con un gesto final:
—Si yo fuera un minero boliviano, habría votado por usted.
Al salir, le dijo a un asesor: “Escucha, quiero ayudar a este tipo. No estoy diciendo pavadas”. Al otro lo sorprendió: “¿Es este tipo real?”
Además de a Clinton, Evo había sorprendido a sus custodios. En una primera
reunión con indígenas pidió que cada uno se presentara.“Soy Evo Morales, un aymara del ayllu...” Hasta que la ronda llegó a un pelirrojo alto y el Presidente le indicó, con un gesto, que él también lo hiciera: “Soy John, del servicio secreto”.

JEFAZO

Después de la cena, Evo subió a su cuarto para dormir. En el camino, dijo que teníamos que hablar.
—¿Cómo se llamará tu libro?
—Jefazo.
—¿Jefazo? (riéndose). No, pero tiene que ser Subjefazo.
***
El 31 de enero de 2006 el Palacio Quemado olió a alcohol y a dulce quemado por la ko’a, un rito andino que había dispuesto el Presidente para expulsar la mala energía del edificio. Los amautas prepararon dos mesas —una blanca y otra de colores—, le entregaron un sahumerio, pidieron por su salud por una buena gestión de gobierno y porque pronto encontrara pareja.
Morales ordenó que el rito se reiterara en cada esquina de la Plaza Murillo: la mala onda, sostenía, había franqueado las paredes del Palacio Por M.S.

En sus dos años como Presidente, Evo se apoyó sobre la construcción de identidades antitéticas. Cada una contiene a su opuesto: fue nacionalista y antiimperialista; popular y plebeyo contra las elites y las oligarquías; indio desafiante del colonialismo interno y externo; antineoliberal, pero cuidó de llamarse socialista.
En el Palacio Quemado, esas identidades conviven con su gimnasia sindical de dar y pedir. Así fue toda la vida. Contra la erradicación de la coca y en los bloqueos de caminos. (…)
Es una máquina de asimilar y de procesar información e ideas.
Cree mucho en lo que sueña, pero más todavía en su olfato político y en sus intuiciones. Como cuando dijo, sin motivo aparente, que no quería asistir a un acto en la Universidad René Moreno de Santa Cruz en noviembre de 2006. Al final fue e intentaron agredirlo y hubo gases lacrimógenos. Se enojó con los ministros que apadrinaron el viaje. Pide que no contradigan sus intuiciones.
Prácticamente carece de vida más allá de la política. No la tuvo como dirigente sindical. Menos como Presidente.
Desconoce todos y cada uno de los hábitos familiares. Sus hijos Álvaro y Eva, nacidos de vientres distintos, viven lejos del Palacio. Cuando un diplomático europeo se enteró de que los hijos del Presidente tienen la misma edad le preguntó si tenía mellizos.“Yo no soy egoísta y quise que cada uno tuviera
su propia madre”, contestó. A las señoras mayores desconocidas que lo saludan en la calle a veces las llama suegras o ex suegras. (…)
A las pocas personas que entran en la intimidad de alguno de sus cuartos le gusta mostrarles las fotos del hombre público. La historia de su vida —la que él relata— es una sucesión de retratos; conserva pocos videos y audios. Puede acordarse de las fotos de una marcha de fines de los años ochenta y reparar en la
ausencia del edecán en las imágenes de una reunión bilateral.
Ese registro le da un enorme poder sobre los otros: les puede enrostrar hechos del pasado que ni ellos recuerden por intrascendentes o inoportunos.
Cree que la confianza es un valor supremo: divide al mundo entre las personas en las que confía y en las que no (…) La desconfianza se explica por su historia y porque algunos dirigentes que él respetó se vendieron. Desconfía de cada detalle.
Si un dirigente promete llevar a un acto dos camiones con personas —como ha sucedido— y no cumple, tendrá problemas.
El Presidente se acordará e, incluso, buscará a esos manifestantes en la multitud. En su cabeza, retiene el retrato de las organizaciones sociales y el de sus integrantes.
En general, sus ministros son sumisos y le temen. En una reunión de Gabinete, pidió que lo criticaran. Nila Heredia, responsable del área de Salud, le dijo que muchas veces salía apresurado a hacer declaraciones y le reclamó que tuviera más en cuenta a los ministros. Evo se enojó y le contestó, pero Heredia subió en su consideración. Sabe que muchas veces decide automáticamente qué decir. Piensa sus medidas en términos de impacto. Quizás sea un viejo eco sindical: sabe cómo
ganar una asamblea.
Los ministros dóciles se sienten obligados a ejecutar ideas de Morales que no siempre comparten. Algunas iniciativas, en cambio, no siguen su curso porque no pueden ejecutarlas.
En realidad, se inician muchas medidas, pero no todas se consolidan.
El Presidente se enoja con los funcionarios cuando los ve despolitizados, haraganes y poco comprometidos. (…) Escucha a los técnicos como un niño ávido por aprender, pero inmediatamente puede convertirse en un discutidor, como ocurrió con un grupo de asesores españoles que le expuso en power point
un sistema electoral para elegir la Constituyente. Agarró un marcador y planteó lo opuesto.
Tiene una desconfianza histórica con la clase media: siempre la vio cambiante y veleidosa. Sostiene que la ha incluido en su proyecto, que la ha beneficiado con sus medidas y que le ha dado la mitad del Gabinete. En el primer año y medio el gobierno no mostró una estrategia consistente para procurar su adhesión.
Es consciente de algunas de sus dificultades. A las organizaciones sociales a veces les falta visión histórica. Le falta anclaje político en el Oriente del país. Teme que el impulso transformador se vaya perdiendo o desgastando y que el gobierno termine como administrador de lo existente.
Gobierna, por momentos, rodeado de una inorganicidad asombrosa. El MAS se niega a tener bienes u otra estructura que vaya más allá de la multiplicidad de sindicatos que lo componen.
No goza de la más mínima comodidad. Morales alienta el despojo y se rodea de ese tipo de personas: pobres o clasemedieros sin ambiciones materiales.
La precariedad es material, aparece en la burocracia estatal, en la preparación de sus funcionarios, en el caos de la organización y en la debilidad institucional del país. La fortaleza, en la ruptura con el pasado y en las transformaciones ambiciosas que se ha propuesto.
Evo es hijo de esa precariedad y, al mismo tiempo, la personificación
del cambio.

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